Domingo


Reconozco este escenario de nuevo. Las miradas tirando chispas y el aire tensionado al límite. Lo miro como espectadora, analizando toda esta secuencia una y otra vez. Esta chica estaba sola, hacia meses estaba sola. La frialdad de julio multiplicaba la necesidad de un cuerpo cercano.

Me es maravillante el juego de manos. Investigadoras profesionales que siguen su trabajo incansable, recorriendo cada cicatriz, cada estría, cada lunar, como un sabueso en busca de qué comer.

La chica lo mira con indecisión, esperando un primer paso. Los primeros pasos nunca fueron su fuerte. Él, dudoso pero firme, retoma la confianza y se pierden entre la humedad.

Hoy está para un café – dice ella con un guiño. De un salto busca su tanga y sale disparada para la cocina. El ruido de tazas y cucharas se siente a lo lejos. 
Él prende un cigarro y mira la ventana. La lluvia corriendo por la ventana le saca una puteada: está casi seguro que no trajo plata para el boleto.

Ahí es donde yo la reconozco: esta mina ya quiere salir de ahí. El calor de esa noche fue suficiente. La chica lo despide, casi automáticamente después del último sorbo de café.
Escribime, le pide él entre besos. La chica le sonrió.

El chico nunca más la vió.

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