El proceso del exilio

Octubre, 2019
Montevideo, Uruguay

Oruga

Los días son oscuros, extraño mi casa. Los del wifi dicen que van a demorar mínimo dos semanas más en instalar. Dos semanas más sin saber de nadie más que yo y el olor del restaurante del frente.

Bajo del edificio y camino dos cuadras. El pánico me come el cuerpo y subo corriendo al apartamento. Las lágrimas salieron otra vez.
La facultad me intimida. La gente que veo se siente mucho más capaz que yo en todo sentido.
Siento que no pertenezco, por ahí este no es mi lugar. ¿Qué pasa si le erré?

Crisálida

Se viene el frío. Fui a casa a buscar la ropa de invierno y mamá me recibió con el mejor guiso que recuerdo en meses. Extrañaba mi bufanda roja. Mi sobrina mayor decidió que ya valgo la confianza como para ser su confidente. La miro y me reflejo en ella, pienso que ojalá sea siempre feliz.
A veces los domingos alguna lágrima sale y creo que necesito soltar un par de cosas. En cosas también incluyo personas.
Voy caminando por los pasillos de la facultad y veo que la gente me empieza a saludar. De a poco me dí cuenta: este lugar está empezando a ser mío. Empiezo a sentirme cálida.
Mierda, creo que me tengo que conocer de nuevo.

Mariposa

Ayer saqué mi pollera del ropero, me miré al espejo y descubrí con satisfacción que hace tiempo no me veía tan linda. Caminando por la ciudad caí en la cuenta de que por primera vez sabía perfectamente por dónde estaba pisando.
En el ascensor de la facultad empiezo a saludar gente, y me saludan de vuelta. Hoy mi sonrisa no para de crecer.
De camino a mi casa planifico mi vida: igual sigo sin saber qué carajo hacer.
En unos meses termina la tortura de la capital y sin embargo la idea me deja un gustito amargo.
Ahora, al parecer, es mi ciudad natal la que me genera una sensación de no-pertenencia.
Un día sin querer me encontré a mí misma: me encontré en la ciudad de mis sueños.


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